En cualquier proceso de crecimiento llega un día en que aparecen las señales de una realidad objetiva y cruda de lo que vivimos en la infancia con nuestros cuidadores: Bloqueos, síntomas, depresión, inseguridades… Hay personas que hacen caso a estas señales y otras no, pero lo que sí es seguro es que seguirán apareciendo una y otra vez porque el cuerpo y el cerebro siempre busca reequilibrar lo que no se resolvió.

El egocentrismo natural de un niño/a hace que todo el dolor que siente alguna vez ese niño se lo atribuya a él mismo. Un niño puede llegar a creer que su abuelo murió porque enfadado le rechazó un beso o convertir una frase de uno de sus progenitores como, por ejemplo; es por tu culpa que tu madre esta así, en una maldición guardada años en lo más profundo.  Así pues, he oído tantes veces a adultos reflejar eso con frases como; Bueno es que yo era terrible de niño. Se lo hice pasar muy mal. Mi madre trabajaba muchísimo y yo encima me portaba mal. Yo estaba bien cuando llegaba del cole solo en mi casa hasta la noche que llegaban de trabajar.

Por otra parte, hay otra cuestión que alimenta esas creencias, si un niño cree que, si él logra cambiar y ser como esperan los adultos, eso significa que hay esperanza de que todo cambie y se sienta por fin querido, aceptado, valorado por sus cuidadores. En cambio, si un niño percibiera que sus padres no pueden cambiar o él no tiene la culpa, no habría esa esperanza. 

Es difícil para un niño pensar que cuando crezca ya podrá rehacer su vida y huir de alguna manera de lo que le daña. El tiempo es muy lejano para un niño. El niño es como un árbol y los padres son como la tierra donde el niño se arraiga y ancla con fuerza, aunque sea una tierra llena de piedras y seca. Para él es la única tierra que puede mantenerle vivo. Lo que piensa es que debe seguir intentándolo. Así que en el fondo esas creencias le salvan que caer en algo más terrible; la desconexión y disociación de su cuerpo. Por tanto, esos mecanismos, incluso la disociación, son siempre lo más inteligente que pudo hacer dadas las circunstancias.

En cualquier niño, los padres o sus cuidadores son los únicos responsables de lo que sucedió, incluso cuando no son conscientes del daño o cuando eso fue externo e incontrolable. Sabemos que, en cualquier evento desbordante, si los adultos han construido un vínculo seguro, estos pueden acompañar a gestionar y procesar lo que sucedió para que no deje ninguna secuela traumática en ese hijo. Ellos tienen la responsabilidad de hacerlo y pedir ayuda si hace falta y si no, es responsabilidad de la comunidad, pero nunca del niño.

Los padres siempre hacen lo que pueden y saben y sus circunstancias pueden ser muy difíciles, aunque el niño no entienda de eso. Por eso al final le tocará a ese niño, cuando sea adulto, de encargarse de lo sucedido y hacer algo bueno con todo ello. Entonces ya la responsabilidad cambia de manos y le toca a ese adulto. No es importante lo que le pasó sino lo que hace con lo que le pasó.

Lo más común es construir ese proceso a partir de indiferencia, la huida, la rabia o rechazo a lo que percibe que faltó o le dañó, lo cual le lleva más adelante a llevarse lecciones de vida importantes. 

El rechazo y la fuerza de vida que lleva a una persona a buscar su camino es necesario, pero en ese rechazo, exclusión de sus padres o ancestros, va a encontrar tarde o temprano un punto de bloqueo, insatisfacción y actitudes perjudiciales o síntomas. 

Y eso no significa que no sea adecuado a veces poner distancia, límites a lo que le daña de su familia de origen, sino que la exclusión que lleva en su corazón es lo que hace que se quede en la justificación, en la queja de todo lo que le sucede, de su mala suerte a pesar de sus esfuerzos o en una insatisfacción continua, depresión, mala gestión de emociones…etc.

Y entonces entran en juego la poca presencia, el sufrimiento mental, los calmantes inmediatos como las adicciones a sustancias, al trabajo, sexo, consumismo, el poder… donde busca una y otra vez llenar el vacío de lo que le faltó y sustituir a sus malos padres con algo. 

Afortunadamente quizás se plantee hacer cosas para mejorar, buscar ayuda especializada o buscar otra verdad que sí le puede llenar y llevar paz a su cuerpo y alma.

Ese momento es cuando la persona se implica en un proceso que es más profundo y no poco doloroso y conecta con un duelo. Una pérdida terrible para ese niño o niña.  Conecta de verdad con los padres que tuvo. No con los que tuvo que idealizar, rechazar, olvidar o ignorar para poder avanzar sino con lo que fueron y lo que sintió de niño. No se queda sin padres, sino con unos padres imperfectos.

Eso acostumbra a generar en su herida por una parte pena, rabia o impotencia. Y por otra parte una reafirmación de su mecanismo de defensa que puede ser justificar de sus padres lo injustificable, darse a él la culpa o sencillamente que no le importe lo que le pasó o no permitir sentir nada. 

Estos mecanismos de defensa se mantienen de adulto o incluso cuando sus padres ya ni están. Pero si la persona llega a encontrar la manera de abrirse, entonces puede que conecte con la realidad de que sus padres no cambiarán ni pudieron cambiar nunca. 

No se trata solo de aceptar una realidad externa, sino de elaborar una pérdida interna: la del padre o la madre que se necesitó y no estuvo disponible de la manera esperada.

Este duelo suele aparecer cuando la persona comienza a reconocer que hagan lo que hagan, sus padres no pueden y no saben vincularse de otra forma. Esa verdad no es inmediata y suele aparecer la rabia, tristeza, frustración e incluso una terrible culpa. 

Así pues, la esperanza de que algún día por fin cambien, es lo que aparece una y otra vez y en el fondo sostiene al niño para que no se quede solo y sin padres. Soltar esa expectativa implica enfrentar el vacío a veces terrorífico que deja, transformar la culpa de ser mal hijo o sostener a veces el rechazo, enfado, castigo y exclusión de los padres por no seguir la dinámica familiar tóxica de siempre.

El crecimiento interior consiste, entonces, en vivir ese tránsito. Mirar y atender al niño para que nombre lo que le faltó, validar su dolor y permitir que emerjan las emociones que tuvo que reprimir. 

Si el adulto puede separarse de ese niño para observarlo, atenderlo, validarlo y enseñarle que ahora él lo cuida y se encarga de la relación con sus padres, se abren las puertas a la sanación.

No es un proceso lineal. Hay avances y retrocesos, momentos de claridad y otros donde reaparece una y otra vez la ilusión de cambio.

Elaborar este duelo permite la dinámica fundamental para lo que se llama en psicología sistémica tomar a los padres en tu corazón y dejar por fin de buscar en los padres lo que no pudieron ni pueden tampoco ofrecer en el presente. 

Esto no implica cortar el vínculo necesariamente, sino modificar la posición interna frente a ellos. Se abre entonces la posibilidad de relacionarse desde un lugar más realista, con menos expectativas y menos dependencia emocional.

También poner límites para estar en orden, es decir, ser solo el hijo de esos padres. Eso significa no hacer de mama o papa de tus propios padres, respetar sus decisiones, aunque no sean las más adecuadas. No pensar ni desde luego decirles lo que deberían hacer, no transigir a sus exigencias y requerimientos que hacen que el hijo ponga en primer lugar a sus padres en lugar de a su pareja, hijos, familia, trabajo. Un hijo se tiene que responsabilizar de los problemas que pueden tener unos padres que se hacen mayores, pero no puede convertirse en su luz, en la razón por la cual viven sus padres o transigir a exigencias que no le tocan.

Este proceso favorece el agradecimiento a lo que se tiene y a la propia historia. Te abre a la construcción de nuevos referentes. Lo que no se recibió puede comenzar a buscarse en otros vínculos disponibles y recíprocos. Se genera la capacidad de conectar con lo más sagrado para recibir amor, abundancia y todo lo que el universo tiene disponible para ti. Sana a tu niño herido. La relación consigo mismo se vuelve más compasiva y menos exigente. Aumenta el autocuidado, la autoestima, seguridad y te alinea con la abundancia. Y también te centra en tu propósito de vida que es el que te va a llevar a la conexión con la vida en plenitud. 

Tantas veces he visto como el sufrimiento adulto está ligado a la repetición de esa espera infantil donde lo que hay es el anhelo de querer ser visto, validado o amado por quienes no pudieron hacerlo. Y si esto no se reproduce con los padres porque no están, aparecerá lo mismo con el trabajo, amigos o la pareja. Y lo que encuentra la persona es lo mismo una y otra vez, pero con otros escenarios y personajes.

Elaborar el duelo no borra la historia, pero transforma la relación con ella. Aceptar que los padres no van a cambiar muchas veces duele, pero también conecta con tu niño herido y lo libera. Dejar de insistir en un lugar que no toca ni te va a responder, te permite por fin empezar a construir algo distinto. 

A veces este duelo abre la posibilidad de que incluso la relación con tus padres de un giro. No porque ellos cambien, sino porque tu cambias y al no ser juzgados, al no seguir su dinámica, al sentir agradecimiento y calma, algo se afloja en ellos y puede cambiar la relación también.

En ese sentido, no es un cierre, es una apertura. Una apertura al amor, a la conexión contigo mismo y lo más sagrado. Es abrirse por fin a la posibilidad de vivir con más autonomía emocional y mayor capacidad de elegir cómo vincularse. Es un camino que hay que pasar primero para ir a la plenitud, la abundancia, la salud y la conexión con la vida.

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